Señala Mujica Lainez en Bomarzo que “las apariciones animales del Demonio se reducen a cuatro figuras determinadas: el león, el basilisco, el áspid y el dragón”. Carecemos de la erudición barroca que Manucho supo cultivar, y aunque la referencia (¡ahora lo sabemos!) no se revela de importancia capital para el posterior desarrollo de la novela, nos preguntamos qué clase de demonio es el basilisco. El mataburro informa (con su habitual mecánica e higiénica carencia) que el basilisco es un “animal fabuloso, al cual se atribuía la propiedad de matar con la vista”. La Real Academia olvida decirnos a qué especie, género, reino o dominio, en fin, de qué tipo de “Ser” hablamos. En todo caso, buscamos un comentario con más vuelo, que permita comprender el por qué de la elección demoníaca. La Enciclopedia Britanica ofrece una descripción más sustantiva:
«In the legends of Hellenistic and Roman times, a small serpent, possibly the Egyptian cobra, known as a basilikos and credited with powers of destroying all animal and vegetable life by its mere look or breath. Only the weasel, which secreted a venom deadly to the cockatrice, was safe from its powers.»
El basilisco es una serpiente, como el áspid, pero de distinto tipo, con el poder de la muerte en la vista y la respiración, y que solo muere a causa del veneno que segrega la comadreja. Interesante, pero nuestro ánimo inquisitivo requiere algo más. Plinio el viejo, el célebre escritor y naturalista italiano corre el velo:
«Es la provincia de la Cirenaica quien la genera, su largo no pasa de doce dedos, tiene como marca una mancha blanca sobre la cabeza, que se parece a una diadema. Su silbido espanta a todas las serpientes. No anda, como las otras, por una serie de ondulaciones, sino que avanza manteniéndose alta y derecha sobre la mitad de su cuerpo. Destruye los arbolillos, tanto por su resuello como por su contacto; abrasa las hierbas, quiebra las piedras, tanta fuerza tiene su veneno. Se creía en otro tiempo que si era matada de un lanzazo dado de lo alto de un caballo su veneno remontaba a lo largo del asta y mataba a la vez caballo y jinete. Y sin embargo este monstruo –se ha hecho a menudo la prueba para los reyes que le deseaban ver muerto– no resiste el veneno de las comadrejas: que la naturaleza no ha creado nada sin contrapartida. Se guarnecen estas en las cuevas de los basiliscos, que encuentran fácilmente por la infección del terreno. Matan al basilisco por el olor que exhalan, y mueren: así termina el combate de la naturaleza consigo misma.»
Plinio
¡Sabia elección!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario