28/12/10

Rafaela

Quizás sea la única calle que en menos de treinta minutos garantiza: un churrero, un heladero y un afilador.

Cada uno con su promoción ad hoc: churro solo, relleno, berlinesas, ocasionalmente torta frita. Helado de un gusto, de dos, mixto, tacita chica, tacita grande. Afilado de tijeras, cuchillos y otros instrumentos de corte.

Dotados del mismo vehiculo: bicicleta negra siempre vieja, siempre inglesa.

Y por supuesto, sus pregones característicos. Del grito pelado o la corneta atormentada al sonido melodioso e inconfundible de la flauta del afilador.

De los tres, no hay dudas, preferimos el afilador.

Porque intuimos que el sonido de la flauta trabaja como un código, como una marca tatuada en nuestro ser social, que aunque hace tiempo no escuchamos siempre vamos a saber interpretar.



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